Somos testigos y la muestra del éxito de nuestra especie, somos parte de un fragmento en el cosmos que persiste hasta los confines del tiempo, ello marca nuestro destino, un destino escrito en nuestra genética, un instinto de perpetuación que marcar el principio de la vida y un hito más en la historia del universo. Aquí y ahora, situados en el planeta donde nacimos, nos encontramos perdidos en el tiempo y maravillados por un sentimiento que da sentido a una parte de nuestra esencia. nosotros, Homo sapiens, seguiremos marcando la semilla de nuestra existencia. Bienvenidos a una nueva era, El Antropoceno.(EVOLUCIÓN)


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martes, 5 de julio de 2016

INTRODUCCIÓN (Los Jinetes del Fuego):

Los Comienzos del Fin (INTRODUCCIÓN)
Comenzaremos esta historia con la visión de nuestro insignificante planeta inmerso en un colosal universo, una aparente ausencia infinita que sostiene los límites de la noción de una especie de simio sin pelo en particular, el homo sapiens, una especie exitosa situada en un planeta hermoso de una galaxia remota, la Tierra. Durante milenios, el hombre ha modelado a su antojo este frágil planeta del que poco a poco iría muriendo de una enfermedad que lamentablemente nunca se curaría, lo irónico es que las leyes que forjaron a este planeta vivo fueron las que acabaron con su esplendor, porque el hombre a lo largo de su evolución adquirió en su recóndita, compleja, asombrosa y siniestra mente la capacidad de querer alcanzar aquellos limites del que no estaría preparado para asimilar, aun siendo el organismo más dotado psíquicamente de entre todos los mamíferos y prácticamente de todos los seres vivos de este planeta. La curiosidad del hombre, lo que lo permitió triunfar como especie, será lo que acabe por exterminar con la vida sobre la faz de nuestro planeta. Desde la esencia de este inmenso planeta que forjo la vida durante eones, existirá inexorablemente ese instinto inexpugnable que hizo posible la gran diversidad de vida, partiendo desde organismos simples que fueron la base de la vida, como los virus y las arqueobacterias, hasta que nuevos tipo de células se organizaron, dando lugar a las primeras formas de vida con estructura compleja como las primeras plantas y animales, entre estos animales, las formas de vida con mayor repercusión evolutiva, nos encontramos desde los Ediacaranos primitivos hasta los mamíferos como nosotros.
La evolución, un proceso selectivo que modeló a las especies en su infinidad de espectaculares formas y fisiologías sorprendentes que sobrepasan nuestra imaginación al que cada vez se iba haciéndose más compleja y sofisticada, pero el mundo no estuvo preparado para sostener a una especie tan adaptativa y oportunista como la nuestra, por primera vez la historia de la vida había surgido un desequilibrio en nuestro planeta, que desencadenó un caos global fundamentado por la tentadora codicia existencial, atributo que en nuestra especie se expresa en su versión más absoluta. La fuerza que mueve la vida será la que la corrompa.
La vida se rige en un equilibrio vital, un equilibrio en el que la evolución une la vida y la muerte como los desencadenantes de este proceso selectivo que tiene como intermediario, como sabemos muy bien los biólogos, el espectacular y no menos importante conducta primordial, el sexo. Todo ello en conjunto, además de las innumerables e inimaginables conductas y cambios fisiológicos que surgen en los organismos a lo largo de su historia, no hace deducir que la vida retoma un camino con destino a una esperada perfección del que nunca se completará, porque esa perfección desafían los limites de las leyes de la vida, corrompiéndola en un tentador caos que se retroalimenta en base a la ambición por la supervivencia, un instinto forjado por unas conductas que permitieron la perpetuación de las especies y que condicionaron que esta tendencia hacia lo más perfecto, que comprende todos los conceptos de la vida, hiciera que fuera más inestable.
Se podría decir que en términos evolutivos que la perfección hacia una vida en el que nunca una especie tuviera que luchar para sobrevivir causaría la rotura del equilibrio que la vida había experimentado durante milenios. Nuestra superioridad como especie hace que no consideremos las condiciones de vida que sometemos a las demás especies en nuestro beneficio, robándole los recursos a no poder más. Por muy perfecta que parece un proceso, siempre tiene un punto donde se quiebra, una realidad muy verosímil por muy ficticia que sea esta historia.
Nuestra civilización y nuestro progreso como especie surgió con el dominio del fuego, cuando nuestro antepasado homínido, el Homo erectus, dio el paso decisivo a nuestros orígenes con esta invención que nos otorgaría la clave de nuestra supervivencia y el destino de nuestro mundo, desde esa transcendental imagen de un primate que con solo chocar las dos piedras desembocaría las chispas esenciales que lo cambiarían todo. El fuego es sin duda alguna un arma destructiva que se hace mostrar como una bella flor roja que consume todo lo que toca, no obstante, el símbolo de la civilización es el trigo, del que nuestra especie dependía en un principio lejano para satisfacer su hambre, una hambre que impulsaría al desarrollo del potencial cognitivo e innato del hombre.
Actualmente, hace más de 195 mil años después de que apareciera el primer Homo sapiens, seguiremos desarrollándonos hasta que un día seamos capaces de ignorar las consecuencias de juntar la fuerza destructiva de la flor roja con el palpitante pilar de la civilización que lo alimento, lo cual nos plantea lo siguiente; ¿Seremos capaces de prosperar después de ello contra todo pronóstico? O es más, ¿Será capaz la vida de resurgir de sus cenizas o no será así su destino? Bienvenidos a la sexta extinción masiva.

¿Cuál será el destino de la humanidad?




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